¿Y si nunca encontramos judías mágicas? ¿ Y si solo encontramos... judías?

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jueves, 1 de septiembre de 2011

Movimientos que cuidan

Descubrí que mis pasos me habían llevado a sentarme debajo de uno de los más bonitos, y de los pocos, árboles que hay en mi ciudad. Normalmente salgo con un libro y busco una cafetería tranquila, con té y el aire acondicionado creando la ilusión de que detrás de esas cuatro paredes no hay un infierno de 40º a la sombra.  Pero no, esta vez mi subconsciente me había llevado a recorrer un camino que no hago nunca y a sentarme en la tierra bajo esa sombra generosa.
Abrí a Tolstói  y comenzó la guerra por mantener la atención en lo que leo. No es que no me guste Tolstói, todo lo contrario, es uno de mis autores preferidos, pero cuando tienes tantísimas cosas en la cabeza y no puedes mantener la atención por completo, es imposible seguir el hilo de una persona que te explica con pelos y señales el sistema penitenciario ruso.
Había leído unas 20 veces : "y a ninguno de los presentes se le ocurría que ese mismo Jesús, cuyo nombre había repetido tan infinitas veces con voz silbante el sacerdote"... cuando dio lugar el movimiento curioso.

Una ráfaga de viento inesperado fue la causante de que antes de que pudiese darme cuenta me encontraba completamente rodeada de hojas marrones del tamaño de mi mano. Miré hacia arriba extrañada y vi que poco a poco, en dirección a mí, caía una flor blanca preciosa. Caía lenta como una caricia y se posó en mi libro abierto, justamente encima de la frase interminable.
No tengo muy claro aún por qué, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Tuve la sensación de que en alguna parte había alguien que quería que estuviese bien, que no me dejase arrastrar por la tristeza y el rencor. Alguien que me pedía que me quedase tranquila.

Le hice caso sin pararme a pensar cuánto había de racional en mi decisión. Lo cierto es que las casualidades de la vida me hicieron tener un día mágico, de los pocos que recuerdo así en mucho tiempo, y hoy tengo una flor preciosa como marca páginas.

martes, 31 de mayo de 2011

Descubrimientos de supermercado


No pensaba encontrarme con algo sencillo y magnífico en un lugar tan poco relacionado con el arte como lo es un Mercadona. En Almería tenemos uno justo al lado del conservatorio, así que me pilla de paso cuando vuelvo a casa. Hoy, mientras hacía cola, me he fijado en que la pared de encima de las grandes puertas de salida (o de entrada, depende de dónde te sitúes, claro) hay una serie de dibujos pintados sobre la pared. Es un conjunto bastante grande, así que la cola que he tenido que esperar me ha brindado la oportunidad de estudiar los detalles por primera vez. En mi cabeza, poco a poco, he ido formando una historia con cada personaje, hasta encajar todas las piezas y crear una historia con sentido.

" Claro que si, eso es lo que pasa"- Digo para unos adentros que no han tenido que ser tan míos, porque el chico que tengo delante se gira y me mira extrañado. Entre otras muchas cosas he heredado de mi padre el hablar en media voz sin darme cuenta, qué vamos a hacerle.

Mientras la cajera va pasando mis artículos con indiferencia a lo demás, vuelvo a mirar la escena de la pared. El hombre que se despide en el carruaje en realidad está enamorado de la mujer que conversa con el joven en la colina. Su esposa le abraza sin saber absolutamente nada y su madre mueve un pañuelo con tristeza. Dos mujeres relativamente cerca del carruaje comentan entre susurros el romance secreto...pensándolo bien, todos los allí presentes parecen saberlo todo, menos los niños y los perros que juegan por la hierba, y la esposa, claro, la engañada siempre es la última en enterarse.

Cojo mis bolsas y me baja un nudo por la garganta, ¿cuántas veces he sido yo la que abrazaba al mentiroso?, ¿hasta qué punto no me he dado cuenta de lo evidente a ojos de todos?-Señorita, por favor...- ¿Por qué el haber perdonado lo imperdonable?, ¿por qué la falta de orgullo?-Señorita, ¿quiere hacer el favor?...- Una señora me empuja con el brazo perdiendo la paciencia y me aparta de la salida que yo estaba obstruyendo.
No. No voy a permitir que nadie vuelva a herirme con mentiras.

lunes, 9 de mayo de 2011

El motor de la tristeza


Sentada en el tranquillo de mi casa (para los que no sean andaluces, tranquillo=escalón) voy contando las campanadas de la catedral cada quince minutos. No tengo dinero, lo último que me quedaba lo gasté en un libro de poesía esta tarde en compañía de Ignacio, ¿quién iba a saber que me quedaría sin llaves  y sin batería en el teléfono?. Voy contando las campanadas de la catedral y me doy cuenta de que ha pasado mucho tiempo, que mis pies están fríos y que yo apenas soy capaz aprovechar el tiempo pensando en algo productivo. 

Oigo como un chico pasa a mi lado arrastrando los pies, con esa mirada de los que la tenemos fija en el  pasado. Pasa a mi lado y casi me pisa, pero ni siquiera se ha dado cuenta de que estoy allí, ¿llevo tanto tiempo esperando que ya me he fundido con el suelo o es que de verdad va tan metido en si mismo que no percibe lo que hay a su alrededor?. Le miro desde mi aparente invisibilidad y veo cómo se acerca a su moto, abre el sillín, saca un casco naranja horrible y se lo coloca con mucha parsimonia, con una lentitud  casi ceremonial. Le da la vuelta a las llaves y se queda un rato mirando la fachada de la catedral, suspirando tan fuerte que mis perros (que están detrás de la ventana en la que ha enganchado su vehículo) se ponen a ladrar denunciando tanto escándalo. 

Al cabo de unos exagerados segundos, intenta arrancar la moto. Lo intenta 3 o 4 veces sin éxito alguno, y entonces, me sorprende. Se baja de la moto y se desabrocha  el casco con la misma velocidad. Se sienta con los brazos abrazando las piernas y hunde el rostro en ellos. Entonces, en un leve gemido entrecortado, escucho cómo llora seguramente unas cuántas desdichas que culminan con el no poder hacer funcionar el cacharro que tendría que llevarle a casa. 

Le escucho llorar a tres palmos de mi. Las campanas de la catedral vuelven a sonar. 1,2,3,4, abrazo mis piernas y adopto la misma postura que mi acompañante, 5,6,7,8, cierro mis ojos y dejo que unas cuántas lágrimas se escapen, 9,10,11 y 12. 

Hacía ya mucho tiempo que no experimentaba algo tan parecido a la profunda soledad. 

miércoles, 4 de mayo de 2011

Otro posible movimiento curioso

Y de pronto, ella me cierra la puerta en las narices. Me ha echado de casa y empiezan  a volar por la ventana todas mis cosas.

- Por el amor de Dios, ¡te he traído flores!

Sólo escucho una bola de insultos y juramentos al cielo...si, esta vez está cabreada de verdad. Me ajusto la corbata y pongo los brazos en jarras mirando cómo caen una por una todas mis pertenencias, pensando, que por lo menos, podría tirarme unas cajas. Parece leerme el pensamiento y tres o cuatro cuadrados de cartón me golpean la cabeza. Me atuso el pelo y decido actuar, usar todas las cartas.

- Hablemos, por favor. No he dejado de pensar en ti ni un sólo segundo.

Bingo, es que nunca falla. Ha cesado la lluvia de libros y revistas, aunque sigo escuchando su voz bajito, cortada por los sollozos, momento clave. Pienso en qué podría decirle a una velocidad vertiginosa. Intenté rememorar cada uno de nuestros momentos bonitos, los recursos lingüísticos que siempre funcionaban con ella, visualizando cada uno de los rasgos de su personalidad y concentrándome mucho en su cuerpo, para elevar cada detalle al máximo exponente.

- Mi amor, no me quito de la cabeza ni uno de los maravillosos momentos que he pasado a tu lado. No puedo vivir sin volver a escuchar tu voz susurrando en mi oreja, sin sentir tu mano suave en mi pecho. No me imagino las noches si no sueñas a mi lado... por favor, abre.

Se asoma la ventana y me mira con mi cepillo y mi pasta de dientes en la mano. Le sonrío y ella lo hace también, ya solo queda el broche de oro:

- Por favor, no me prives nunca de esos ojos verdes.

Al final me voy a casa con el pelo lleno de dentífrico, el traje totalmente manchado y tres o cuatro cajas de cartón... ¿Quién demonios iba a acordarse de que eran marrones?

jueves, 28 de abril de 2011

Otro movimiento curioso



Hoy, estaba leyendo un libro maravilloso en una terraza al sol Almeriense, tomándome una caña y disfrutando un poco del relax de tener por única compañía un puñado de letras que quieren contar mil cosas. 
En un momento, después de devorar unas cuantas páginas, he alzado la vista para tomar mi vaso, y me he encontrado con una sombra que se proyectaba en mi mesa. El dueño de dicho espejismo de uno mismo, era un señor que miraba en dirección a la playa. Por encimilla de mi cerveza, me permití el lujo de observarle durante unos instantes (cosa que me encanta hacer) y no pude resistir la tentación de hacer volar a mi imaginación (que también me encanta, todo sea dicho). Me imaginé que por lo mal planchada que tenía la camisa a cuadros azules y verdes, la forma de coger su caña tan lentamente y la mirada perdida en la nada, debía de ser un hombre al que le acababa de ocurrir algo terrible. 
Imaginé un montón de escenas mientras intentaba concentrarme de nuevo en la lectura. No sé ni cuántas veces pude leer las mismas frases " Consecuencias. Así son las cosas, muchacho. Siempre hay consecuencias se quiera o no", pero es que era inevitable no permitir que las imágenes de una mujer metida en un vestido de flores, le tiraba al pobre señor una caja llena de todas sus cosas, o que su hijo le había confesado algo terrible, o que le habían echado del trabajo. 

El señor acabó dándome tanta lástima que me quedé mirándole sin ningún tipo de decoro. Cuando notó el peso de mis ojos en su perfil, se giró lentamente y me miró también. Fueron unos segundos en los que yo creí estar en sintonia con su dolor, y mentalmente le mandaba mensajes del tipo "no te preocupes, no estás solo" ,"¿sabes? la vida sigue, amigo, tienes que tirar para delante". Llegué a pensar mientras nos mirábamos, que todo en ese hombre era bondad, que no merecía sus pensamientos no escuchados, perdidos en cualquier parte.
Y justo cuando parecía que despegaba los labios, que iba a revelarme algo crucial, me ha guiñado el ojo, me ha lanzado un beso y se ha tocado el paquete. 

O nada es lo que parece, o yo tengo que dejar de hacer volar a mi imaginación

jueves, 24 de marzo de 2011

La parodia del bar de al lado

Pero míralos, no creo que sepan muy bien lo que están haciendo. Se miran, se sonríen a los ojos, pero al bajar la mirada todo rastro de felicidad se dispersa, ¿qué creerán que está pasando realmente?.
 Se pasan el dolor como si fuese un partido de Tenis, primero uno golpea al otro con alguna anécdota y éste la recibe casi  sin moverse, pero con un temblor interior de pena, de rabia, de ganas de gritar, quizá de las 3 cosas. Pero todo duele un poco menos cuando llega su turno, saca y otra bola de rencor oculto atiza a su interlocutor de pleno. Así toda la noche.

Tuvieron que quererse mucho, o al menos esa es la impresión que me da. ¿Aún se quieren?, ¿qué puede quedar después de todo lo que han debido pasar?, ¿por qué la necesidad de provocar dolor?. No creo que se quieran ya, pero debe de quedar resquicios del recuerdo de la posesión, la necesidad de tachar a la otra persona como propiedad. Qué sorpresa se han tenido que llevar al darse cuenta de que en realidad están solos, que siempre van a estarlo a pesar de que se rodeen constantemente de palabras, gestos, besos.

Ella se ha levantado y se dirige a alguna parte, quizá al cuarto de baño del bar. La miro caminar y tiene en los ojos esa mirada que precede al grito, a las ganas de chillar toda la rabia que se lleva dentro desde hace mucho tiempo. Parece que va a perder la cabeza, pero sigue caminando con paso firme y cierra la puerta.
No sé por qué, pero me la imagino perfectamente sentada en la taza con los puños apretados, la vocecita interior intentando calmarlo todo y los ejercicios de respiración.
Mientras tanto, él está con la mirada perdida, rumiando quizá algo, quizá intentando auto convencerse de que ya no le importa nada, que ya no tiene sentido.

Cuando ella sale, se van juntos parodiando todo este absurdo, riendo a medias, tocándose un poco.

Y ahí me quedo yo, mirando cómo los hielos se van derritiendo en el vaso, pensando en todos y cada uno de los momentos de mi vida en los cuales era yo la que se metía en el baño gritándole muy bajito a mi reflejo en el cristal.

¿Pero ellos?... ellos no tienen ni idea del daño que se están haciendo

martes, 8 de marzo de 2011

La luna, la playa y Fran

Recuerdo que no sabía hacer rebotar las piedras en el agua y que el corazón se me caía a pedazos.

Recuerdo las noches en silencio observando el ir y venir de las olas. Acompañada pero a solas con mis pensamientos, por lo menos disfrutaba de tener un cuerpo humano cerca. 

No sabía hacer rebotar las piedras en el agua  y nos reíamos mucho de ello, olvidándome a base de sonrisas  de cómo me sentía en realidad. La distancia, las mentiras, los miedos.. todo hace mella y acabas ahogada en el fondo del mar. 

Pero al final aprendí a lanzar la situación y hacerla saltar hasta alejarla de mi, para sólo ver las ondas que quedaban a su paso y no volver a sentir la frustración de no controlar algo que depende únicamente de mis movimientos. 

viernes, 18 de febrero de 2011

Lluvia

Un día decidió despertar y se dio cuenta de que el cielo lloraba como ella. "¿Qué pensarán las nubes para estar tan tristes?", así que decidió abrir la puerta y echar a andar para compartir con el cielo su pena. Las calles no eran conocidas, así que se metió por completo en la dulce sensación de perderse, y poco a poco se fue dando cuenta de que a cada baldosa que pisaba, iba muriendo un recuerdo. Tuvo miedo en un instante de olvidarlo todo, de llegar a la siguiente esquina y no saber volver a casa o no recordar su propio nombre.

Los pies, que nunca entienden de miedos, la acabaron llevando a un campo amplio, verde y solitario. Maravillados los ojos, sin darse cuenta realmente, avanzó y se tumbó en la hierba, en mitad de una llanura mojada, con olor a tierra y olvido. Extendió los brazos y se quedó allí horas enteras, cayendo la lluvia sobre su rostro y sus ropas, mezclándose por completo con la naturaleza, formando parte, como una piedra más, del paisaje. 

Pero el cielo se puso negro y la luna comenzó a asomarse, recordando, con una tenue luz, que debía volver a casa.

Por una vez en mucho tiempo, hizo el camino silbando una canción desentonada, tiritando de frío, pero  sintiendo con alivio que se aflojaban los males que le anudaban la garganta. 

lunes, 3 de enero de 2011

Silencio, por favor

Hay canciones que no deberían existir, y no, en este caso no me refiero a esos remas reguetoneros, ni al pop de gafas de pasta dura, ni siquiera al rollo hippie perroflautístico. Me refiero a esas canciones de letras lacrimosas que aparecen en la radio cuando menos te lo esperas, clavándote un armónico puñal sin ningún tipo de consideración.

Esta mañana fui a comprar unos calcetines graciosos a un supermercado. Los calcetines me encantan  y a la persona a la que se los voy a regalas también, así que allí me veía, en medio del pasillo  mirando una horda de calcetines y con una sonrisa de oreja a oreja, de esas que sólo se ponen cuando saboreas en tu imaginación la sorpresa que le darás a alguien que aprecias, cuando de repente el altavoz deja de anunciar ofertas y comienza la música.

Allí, en ese aparato situado justo encima de mi cabeza, Sabina desgarraba mi historia y la de otros muchos, con su guitarra como terrible cómplice. Personalmente he de decir que me encanta Sabina, a pesar de que él parezca odiarme. Al final he cogido los dichosos calcetines (aunque bien hubiese preferido una metralleta) y he vuelto a casa con el mismo paso rápido de siempre y con la misma actitud de todos los días, aunque por dentro seguían resonando esos recuerdos hechos canción que te persiguen durante toda tu vida.

"Yo no quiero besar tu cicatriz..."
http://www.youtube.com/watch?v=hRetHyKHGO4&feature=fvst

lunes, 29 de noviembre de 2010

Hablemos de fútbol

Hoy he experimentado una sensación curiosa. Estaba sentada en un bar tomando algo con unos amigos, esperando a que empezara el partido. Al ser un Madrid-Barça, el establecimiento estaba lleno, contrastando de una manera singular con las vacías y mojadas calles.

Lo curioso de todo esto es que durante todo el juego, todos los espectadores hemos sido una persona... por una vez he entendido esa pasión por el deporte. En los momentos previos al juego, en los que los jugadores salen como gladiadores al campo, teniendo como leones a millones de espectadores esperando a que den lo mejor de ellos mismos. Creo que es mucha responsabilidad, a pesar de que sigo pensando que no se corresponde con el tamaño de su nómina.
He sido parte de algo durante todo ese tiempo. Sentía la misma rabia cuando Gitano Ronaldo empujó a Guardiola, la misma risa cuando alguno hacía excesivo teatro, los nervios ante la proximidad de la portería, y la vergüenza de los pobres madridistas.

Me han gustado especialmente la cercanía entre las personas que no se conocen, solo por tener un punto en común. Las conversaciones en los bares, los abrazos y las sonrisas. Si, hace feliz a muchas personas... definitivamente, si no moviera todo el dineral que mueve, sería una buena forofa de algún equipo.