"Elijo mil veces la isla desierta", dijiste. Y yo no podía verte, pero tenía tus ojos grandes clavados en el pecho, tan vivos en el recuerdo que, por un momento, me pareció que estabas en la misma habitación de espaldas a mí, desnudándote, hablando distraído, sin darte cuenta (como siempre) de lo grande que es todo lo que me dices, sin darte cuenta de cómo aprieto las sábanas mientras te sigo con la mirada, incapaz de abrir la boca, hasta que te tumbas a mi lado y me preguntas siempre con una sonrisa: ¿Qué te pasa?, y yo "nada, que te quiero, sin más". Pero no dejo de darle vueltas a tus palabras, a tus gestos, a esos ojos tuyos que calan en lo más hondo y que nadie podría sacarse de encima si vieran lo que yo veo cuando me sostienes la mirada.
"Elijo mil veces la isla desierta", dijiste. Y no estabas aquí, pero supe que era verdad, que ya no había vuelta atrás; y te sentí tan cerca que me pareció al cerrar los ojos, sola en mi cama, notar tu respiración en mi pelo.
¿Y si nunca encontramos judías mágicas? ¿ Y si solo encontramos... judías?
viernes, 7 de septiembre de 2012
miércoles, 9 de mayo de 2012
Debe ser primavera
Sin saber por qué, de repente, estábamos muy tristes los dos. Sonaba Sabina al fondo y la camarera canturreaba la canción mientras fregaba unas copas. Miré al techo suspirando fuerte. Dicen que nunca es tarde, pero no se puede recuperar lo irrecuperable, o al menos eso creo yo, que tengo un orgullo que arrasa con todo, dejándome desnuda a veces, echando en falta algo durante toda la vida.
Me ofreció una copa de ron sonriéndome de medio lado. Fue extrañísimo ver mi propia sonrisa en una cara tan parecida a la mía, con los mismos ojos rasgados y tristes, atentos a la guitarra que sonaba dando un ambiente como de encargo a la situación.
- Me gustaría haberte conocido un poco más
Nos bebimos las copas mirando al frente y no volvió a decirme nunca nada más.
jueves, 1 de marzo de 2012
"Tengo un nudo en la garganta que no me deja respirar, no hago más que rebobinar la película"
Y abro los ojos casi con miedo, encontrándome de bruces con el frío techo que me recuerda todas esas frases que aún ahora, cuando pensé que se habían borrado para siempre, me golpean. Cuando recuerdo me cuesta respirar, entenderás ya por qué no lo hago nunca.
Abro los ojos y suspiro muy fuerte. Tengo suerte de que estés aquí, de que no te hayas ido, porque no hace falta decir nada, sólo girar un poco el cuerpo y encontrarme con tus brazos que me abrazan todavía inconscientes, hundirme en tu pecho y ser salvada por tu mano que se mueve torpe por mi pelo, o por tu voz dormida murmurando a penas algo.
No hace falta despegar los labios, entendemos con miradas, siempre lo recuerdas. Me besas un poco la garganta y noto como desaparecen poco a poco las ganas de llorar, el nudo, todo el daño que guardo dentro. No hay presiones en el refugio de tu cuerpo, ya no me parece tan frío el techo, se me olvida por momentos el orden de las palabras que forman las frases que no consigo olvidar nunca del todo. Poco a poco la soledad se va huyendo cobarde por las rendijas de mi ventana. Dejas paso a una calidez que no conozco.
miércoles, 8 de febrero de 2012
De pronto, después de mucho tiempo
Aunque parezca increíble, los miércoles me hacen salir de mi casa únicamente para 15 minutos de clase. Me siento delante del piano, hago un poco el paripé y me voy a una cafetería cerca del conservatorio con un libro para que por lo menos el haber salido al frío infernal de Granada haya merecido un poquito la pena.
Esta tarde la cafetería estaba especialmente vacía. Solamente había un señor que leía el periódico y de vez en cuando murmuraba "vaya por Dios", y un chico joven, con rastas, que dibujaba todo lo que había al rededor suya con la mirada muy fija y el trazo rápido.
Mientras leía "sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi, (libro que recomiendo de todo corazón, y no sólo porque hable de Lisboa), he empezado a sentirme bastante mal. Quizás influya mucho el hecho de que había empezado a sonar la obertura de las Hébridas de Mendelssohn en radio clásica. Es una obra que me encoge siempre el estómago, así que allí me he quedado, sentada agarrando mi vaso de té, olvidando por completo dónde estaba y metiéndome en esa música que tantos recuerdos me trae.
Me he acostumbrado tanto a no mirar al pasado que de pronto he vuelto a vivir algunos de los momentos más importantes de mi vida como quien está viendo una película con la que ni siquiera se siente identificado. He vuelto a escuchar mi voz diciendo cosas que jamás van a volver a salir de mi boca, he visto miradas, reacciones, cosas que ya no son yo.
Iba a recoger mis cosas y pagar para dar un paseo y despejarme un poco, cuando el chico de las rastas se ha acercado a mí, me ha dejado un folio doblado y se ha marchado sin decirme nada. Al desplegarlo he podido reconocer mi boca, mis manos, mi nariz (con lunar y todo) a trazos, y sobretodo había esbozos de mis ojos.
Lo que más me ha sorprendido de todo esto es que en el centro, con una letra cursiva y grande había escrito la siguiente parte de "sad eyed Lady" de Bob Dylan:
With your sheets like metal and your belt like lace
And your deck of cards missing the jack and the ace
And your basement clothes and your hollow face
Who among them can think he could outguess you ?
With your silhouette when the sunlight dims
Into your eyes where the moonlight swims
And your match-book songs and your gypsy hymns
Who among them would try to impress you ?
Sad-eyed lady of the lowlands
Where the sad-eyed prophet says that no man comes
My warehouse eyes, my Arabian drums
Should I put them by your gate
Oh, sad-eyed lady, should I wait?
Y ahí me he quedado parada un buen rato, sin saber muy bien lo que hacer, con una sensación agridulce dentro y mirando mis propios ojos en el papel como quien mira los de una extraña.
martes, 29 de noviembre de 2011
El templo
Salí del cuarto de esparto después de mucho tiempo y el contacto con el suelo me hizo sentir ganas de huir muy lejos. Sin más, me quedé parada en la puerta del templo, pensando que sería muy distinta mi forma de girar el pomo, de mover las manos, de tocar mi pelo, si hubiese aprendido a mentir un poco mejor.
Entraba como intrusa, invadida por la adoración que no me pertenecería, rodeada por las fotos en las que ya no salía yo. Entré como intrusa, y como intrusa me tumbé en la cama mirando mis manos en el espejo.
Si hubiese aprendido a mentir un poquito mejor, seguramente habría despertado en esa cama, habría hecho el amor viendo dos reflejos, no existirían las habitaciones desnudas más que por momentos. Si hubiese abierto un poco más los ojos, despegado un poco más los labios, no habría tenido que huir tanto tiempo, y ahora descendería de lo más alto estirando mucho los brazos, cantando en portugués por lo bajo.
Si hubiese aprendido a mentir un poco mejor, no me habrían tocado otras manos, no me habría rozado otro pelo de madrugada, no sabría distinguir entre otras voces.
Salí del templo como intrusa y volví donde me pertenece, pensando en que si hubiese querido aprender a mentir mejor, no podría haber respirado nunca esta paz, este silencio, esta soledad maravillosa.
miércoles, 26 de octubre de 2011
P2
Cuando el portero del humilde hostal comparó la foto del carnet de identidad que tenía en la mano con la chica que esperaba amablemente en frente suya, no pudo más que esbozar una media sonrisa imperceptible. <<Blanca Martínez Rosal-pensó -has cambiado mucho>>. Y de hecho en varios kilometros a la redonda no había nadie pensando una verdad más absoluta y evidente, pues la chica de la foto era una niña sonriente, de ojos claros y pelo rubio rizado, con una mirada vivísima y un cuello fino que podía intuirse fundido en el color del documento; sinembargo la mujer que había delante también se llamaba Blanca Martínez Rosal y pedía ayuda a voces con esos ojos claros un poco menos vivos que en la imagen, aunque su sonrisa seguía siendo agradable. Al devolverle el D.N.I , el portero tuvo la impresión de que Blanca le había mantenido sus manos unidas a las suyas durante más tiempo de lo que se supone políticamente correcto.
Había reservado la habitación unas horas antes con el tono desesperado del que está huyendo de algo, tan habitual en ella que daba la sensación de que podía desaparecer en cualquier momento. Nunca había estado en Granada y esa pensión cercana al centro le había dado muy buena impresión en las fotos de la página web. Estaba situada en una calle peatonal donde un trío de clarinetes y guitarra pasaban el rato tocando por gusto durante horas , dándole al lugar de residencia un ambiente más bohemio, tranquilo, nostálgico, o turístico, dependiendo de los motivos del viaje.
Los motivos de Blanca no estaban demasiado claros, había sido una decisión tan repentina que merecería llamarse arrebato, pero a fin de cuentas, Granada, ¿por qué no?, ella ya no era feliz en ninguna parte. Había perdido toda la esperanza, eso podía verlo cualquiera en su rostro semi apagado y en sus ojos de niña triste, en su paso rápido a ninguna parte, de sus labios siempre evocando al pasado en voz alta, deleitando a las paredes Blancas y vacías como su nombre.
Blanca había hecho una promesa y la estaba llevando a cabo, terminaría lo empezado, llegaría hasta el final del asunto, disfrutaría y después se retiraría del mundo, de la vida, con discrección y buen gusto.
martes, 4 de octubre de 2011
P1
Hacía tiempo que Alberto dejó de creer en las personas, y no es que sintiese miedo, inseguridad o despecho, no, nada de eso; Alberto había dejado de creer en sí mismo y ese pensamiento incluía a cualquier persona que mantuviera un mínimo de contacto con él.
Tenía 25 años y se decía a sí mismo todas las mañanas que ya lo había vivido todo. Su cuerpo delgado y palido pasaba 6 horas al día sentado en un escritorio de oficina delante del ordenador, generalmente escribiendo artículos de opinión sobre temas en los que, en realidad, no tenía nada que opinar. Trabajaba desde que cumplió los 22 años en un periódico progresista a manos de un hombretón cuyas convinciones políticas no se correspondían en absoluto con su cargo, y cuyo afecto por Alberto era cuanto menos, inexplicable. Con sus compañeros de trabajo la relación no era mucho mejor, pues veían en Alberto a un hombre serio, melancólico y tristemente aburrido con el que no poder contar a la hora de ir de cañas después del trabajo. Por su parte, él se limitaba a callar e ir del trabajo a casa, sin ningún interés ni resentimiento para con sus compañeros.
Caminaba todos los días 20 minutos desde el trabajo a su casa, agachando la cabeza como aquellos que cargan una terrible pena, aunque lo cierto es que él ya no recordaba cuál era la suya exactamente. No podemos decir que Alberto fuese infeliz, en realidad no sentía angustia ni malestar, simplemente era incapaz de sentir nada. Todo en él se había quedado paralizado durante mucho tiempo en una época mejor donde el calor humano derretía lo que ahora era un cuerpo helado desprovisto de reaación ante practicamenete nada.
Vivía en un estudio pequeño y meticulosamente ordenado. Todos los días era la misma historia: abría la puerta, apagaba la radio que le dejaba encendida a sus plantas, se sentaba en el sofá que había colocado mirando a la ventana y se quedaba allí parado observando cómo pasaba la gente hasta que caía la madrugada.Cuando la oscuridad era tan intensa que las farolas no le permitían ver nada, se levantaba, ponía el despertador y se metía tranquilamente en la cama, siempre con el mismo pensamiento "estan todos ciegos, no pueden ver nada".
Tenía 25 años y se decía a sí mismo todas las mañanas que ya lo había vivido todo. Su cuerpo delgado y palido pasaba 6 horas al día sentado en un escritorio de oficina delante del ordenador, generalmente escribiendo artículos de opinión sobre temas en los que, en realidad, no tenía nada que opinar. Trabajaba desde que cumplió los 22 años en un periódico progresista a manos de un hombretón cuyas convinciones políticas no se correspondían en absoluto con su cargo, y cuyo afecto por Alberto era cuanto menos, inexplicable. Con sus compañeros de trabajo la relación no era mucho mejor, pues veían en Alberto a un hombre serio, melancólico y tristemente aburrido con el que no poder contar a la hora de ir de cañas después del trabajo. Por su parte, él se limitaba a callar e ir del trabajo a casa, sin ningún interés ni resentimiento para con sus compañeros.Caminaba todos los días 20 minutos desde el trabajo a su casa, agachando la cabeza como aquellos que cargan una terrible pena, aunque lo cierto es que él ya no recordaba cuál era la suya exactamente. No podemos decir que Alberto fuese infeliz, en realidad no sentía angustia ni malestar, simplemente era incapaz de sentir nada. Todo en él se había quedado paralizado durante mucho tiempo en una época mejor donde el calor humano derretía lo que ahora era un cuerpo helado desprovisto de reaación ante practicamenete nada.
Vivía en un estudio pequeño y meticulosamente ordenado. Todos los días era la misma historia: abría la puerta, apagaba la radio que le dejaba encendida a sus plantas, se sentaba en el sofá que había colocado mirando a la ventana y se quedaba allí parado observando cómo pasaba la gente hasta que caía la madrugada.Cuando la oscuridad era tan intensa que las farolas no le permitían ver nada, se levantaba, ponía el despertador y se metía tranquilamente en la cama, siempre con el mismo pensamiento "estan todos ciegos, no pueden ver nada".
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