¿Y si nunca encontramos judías mágicas? ¿ Y si solo encontramos... judías?

jueves, 24 de abril de 2014

Like a rolling stone

Cerrar la puerta con cuidado y echar a andar con la cabeza bien alta, con las palmas de las manos extendidas sin nada que perder.
Caminar hasta que no quede aliento y más, correr para secar las lágrimas y gritar muy hondo, adentro, con la mirada fría y el nudo en la garganta.
Mirar los cerezos y acordarse de Neruda, de los caminos que no cogiste, del pasado que poco a poco deja de existir.
Y entre todo esto, muy a dentro, el azul de tu recuerdo.




martes, 11 de febrero de 2014

Los caprichos de Mozart

Sólo nos vimos una vez, y sin embargo los dos lo recordamos perfectamente. 
Esperábamos para entrar al concierto, y tú estabas parado y tranquilo, sujetando el contrabajo más bonito que yo había visto en mi vida.
Yo tenía 14 años, creo, y tenía una vida de la que tú no formabas parte. Tú tendrías 21, y mirabas al frente esperando el momento para salir al escenario. 
Recuerdo que miraba el contrabajo totalmente fascinada. Por aquel entonces creo que nunca había visto uno tan cerca, y de pronto tú te giraste, me pillaste de pleno mirando descaradamente, y sonreíste. Sonreíste con la misma sonrisa de buena persona que tienes hoy, la mejor y más sincera que conozco. 
No me dirigiste ni una palabra, giraste el contrabajo para que pudiera verlo mejor, y volviste a ponerlo en su posición cuando yo aparté la mirada con vergüenza. 
No nos felicitamos por el concierto, no nos preguntamos el nombre, no nos despedimos cuando nuestros caminos se alejaron. Alguna vez creo que te vi por el conservatorio. Nunca nos dijimos nada de nada. 

La vida da vueltas y el destino es caprichoso. 5 años después, volvimos a coincidir en un concierto. Esta vez yo no cantaba, si no que  tocaba el violín, y tú seguías llevando el mismo contrabajo. Cuando te vi esperando para entrar al escenario, tan tranquilo y tan serio, cuando te giraste y me sonreíste como aquella primera vez que vi tus labios, tuve la sensación de que sin saber ni cómo ni por qué, esta vez tú y yo no nos íbamos a dejar escapar. 

http://coroalmeria.es/?p=131




miércoles, 18 de diciembre de 2013

La metamorfosis. O no.



Los celos son una serpiente fría que se enrosca y te oprime el cuello, un cráter en la boca del estómago, una nuez de espinas, unas uñas que se clavan.
Los celos son una habitación llena de espejos donde estás solo con tu reflejo y de donde no puede sacarte nadie. Tan sólo es posible escapar teniendo la fuerza para levantarse, caminar todas las baldosas que te separan de la puerta, enfrentarte a  lo que ves en los cristales, y finalmente, girar el pomo y cerrar la habitación tras de ti para siempre.

A veces, sin embargo, es mucho más fácil acostumbrarse, acurrucarse en un rincón y esperar a que haga efecto ese dolor que engancha, que te acoge. Que te envuelva completamente la serpiente, que te atrape y te hiele. Que cuando te mires al espejo no haya nada que merezca la pena en lo que ves. Y te guste.


jueves, 25 de julio de 2013



Hay veces que te levantas con el pie izquierdo. No sabes por qué, pero abres los ojos, miras lo que te sobra de almohada y piensas "vaya mierda de día".
En mi cuarto, sea en mi casa o en el piso de alquiler que cambio cada año en Granada, justo a mi izquierda, colgado en la pared hay un póster de mi película favorita "chungking express", y cada vez que me despierto con esa sensación me levanto, me visto y salgo a correr como mi personaje favorito, para no llorar, para no pensar.
Hoy iba por el paseo marítimo echando chispas por los ojos, con la música a todo volumen en los auriculares. Sonaba Pantera, esa "mierda" que según mi profesor de violín me va a dejar sin oídos y jamás podré tocar tchaikovsky. Normalmente me calmo a los 10 minutos, y entonces doy un paseo, me siento a respirar profundamente y vuelvo a casa para empezar de verdad el día. Pero hoy no, hoy no ha sido así. Se han acumulado demasiadas cosas y en poco tiempo no las iba a poder desahogar.
He corrido durante 20 minutos, 25, media hora, y no podía gritar, y cada vez corría más rápido y sentía que me ahogaba, y que me iba a morir y casi me gustaba, hasta que mis piernas han dicho basta y me he parado de golpe contra una de las muchas palmeras que recorren todo el paseo marítimo. He tomado aliento, he apagado la música y el ruído de la gente paseando, jugando en la playa, me ha devuelto a la realidad.
Kalina, reponte. Casi me he dicho en voz alta.
He pensando en muchas cosas a la vez, en promesas, en situaciones, en familia, en mi perra, en qué coño voy a hacer con mi vida y qué pasa realmente dentro de mi para que un simple mal despertar haya acarreado tanta mala leche.
"Es que te pones a hablar y te ciega la ira" me habían dicho justo antes de precipitarme a correr como si  no hubiera un mañana.
Un día de estos la ira me va a cegar de verdad, por eso corro, en realidad, para quedarme sin fuerzas de nada.
Me separé poco a poco de la palmera, y me topé con un chico que me miraba con curiosidad sentado en el banco de al lado. Me separé un poco el pelo de la cara para espetarle un "¿Y tú que coño miras?" Porque claro, por alguna parte se me tendría que notar que soy almeriense.
Y he vuelto andando a casa, con las zapatillas en la mano,
respirando trabajosamente.

martes, 1 de enero de 2013

Ylenia y el escarabajo gigante


" Qué horror, madre mía "

Fue lo primero que le vino a la boca a Ylenia cuando descubrió que el protagonista de la metamorfosis de Kafka despierta un día cualquiera convertido en escarabajo gigante. Dejó el libro encima de sus rodillas y pasó largo rato sentada en el sofá, con la mirada perdida en un punto de la pared blanca de enfrente, reflexionando. Pasó por las distintas emociones que hemos experimentado todos al leer ese relato: incredulidad, ansiedad, risa, asco y compasión, entre otras muchas, sin saber por cual decantarse. Se puso en pie, dejó el libro en la pequeña mesita del salón y apagó a Beethoven, su única compañía en los ratos de lectura.

Se dispuso entonces a continuar con uno de tantos domingos por la tarde, recogiendo y fregando los platos que había dejado esperando en la cocina, dándole vueltas constantemente al asunto del escarabajo. ¿Qué puede tener alguien en la cabeza para imaginar una situación así?. Desde luego, a Ylenia nunca se le habría ocurrido. Es una mujer sencilla, enamorada del arte, que pasa sus días en compañía de diversos autores que, para su desgracia, están todos muertos, aunque bien pensado, si los hubiese tenido delante, habría sido prácticamente incapaz de entablar una conversación. Su evidente carencia de habilidades sociales era la responsable de que no tuviera muchos amigos, aunque tampoco sintiera nunca la necesidad de relacionarse excesivamente. Le gustaba el silencio y la tranquilidad, aunque como todas las personas de este mundo, tiene un miedo constante a quedarse sola para siempre. Hubo algunos hombres en su vida que como vinieron se fueron sin dejar más huella que algunas fotos en las repisas de las estanterías, o regalos de aniversario olvidados en el cajón, así que a sus 32 años, Ylenia no se atreve a reconocerse a si misma que aún no ha conocido un verdadero amor.

Pero no es en esto en lo que piensa mientras enjabona la escasa vajilla usada. Piensa que de todas las cosas horribles en las que uno puede transformarse de un día para otro, la peor de todas sería en un insecto gigante. Nadie va a quererte así, aún habiendo sido el más fiel de los amantes, o el hijo favorito de mamá. ¿Quién puede amar, alimentar y cuidar a un escarabajo que apenas entra en su propio cuarto?, ¿quién va a tener las entrañas de ponerle del derecho cuando se de le vuelta?. Ylenia enjuaga los platos pensando en que si tuviera que transformarse en algo, sería definitivamente cualquier cosa antes que eso. No hay nada que le de más miedo. Una vez tuvo que llamar a su fiel amigo Carlos para que le matara una pequeña cucaracha que se había colado en el cuarto de baño, probablemente por las tuberías. El pobre hombre tuvo que atravesar la ciudad para llegar a casa de Ylena, matar al insecto de un zapatazo y emprender el camino de vuelta.

Continuó con las tareas de la casa, y a eso de las cinco decidió salir porque llovía. Le gusta pasear bajo el paraguas por el parque. Respira hondo y sonríe, ya que hay pocas cosas que le agraden más que el olor a tierra mojada. No hay nadie más en la calle excepto ella y eso la reconforta mientras continua su silencioso camino.
Cree firmemente no necesitar a nadie en su vida, pero en silencio se mira día a día en el espejo y teme una vejez solitaria, morir sin dejar huella, que nadie la eche de menos igual que ella no echa nunca de menos a nadie. Podría ponerle remedio a la situación, en el fondo sabe que Carlos podría acompañarla y no le importarían las arrugas que vistieran su rostro, pero teme el cambio, prefiere quedarse como está. No quiere romper su falso techo de paz.

No regresa demasiado tarde a casa, ve un poco la televisión y se va a su cuarto mirando de reojo a Kafka que sigue olvidado en la mesita del salón. "Quizá mañana" suficiente pesadilla por hoy. Y un día más, un día menos, Ylenia se mete en la cama y duerme sin sueños, profunda y tranquilamente.

A la mañana siguiente no se encuentra bien y decide apurar un poco más el tiempo en la cama antes de levantarse para ir a trabajar. Le duele la cabeza, la barriga y se siente más débil que nunca. Siente que tiene dificultades para respirar e intenta relajarse. Pasan unas horas y no mejora, así que llama a su trabajo para informar de su situación y vuelve a dormirse de puro agotamiento.

Despierta bien entrada la tarde y ha mejorado un poco, aunque todavía tiene dificultades para respirar. Se levanta lentamente de la cama y haciendo un gran esfuerzo arrastra los pies hasta el cuarto de baño. Se sienta en la taza y recapitula qué comió ayer.. Nada ha podido sentarle mal, aunque quizás el tomate frito se había pasado un poco y no se dio cuenta. Nunca se le dio bien comprobar cuándo la leche o el tomate están o no comestibles. Quizás también fue el paseo, pensaba, la humedad le habría calado los huesos y por eso le costaba tanto caminar y respirar. "Ha tenido que ser eso" Se dijo a sí misma. Se acercó al lavabo para despejarse un poco la cara con el agua fría y su grito ante el espejo fue tan fuerte que bien pensado fue muy extraño que los vecinos no llamasen a la policía.

No podía parar de chillar, sollozar, convulsionar frotándose cara y manos al mismo tiempo frente al espejo. La mujer sumamente parecida a ella pero con 50 años más, le devolvía la misma cara de horror y se palpaba simultáneamente todo el cuerpo, igual de incrédula e histérica. Cuando comprobó y no cupo ninguna duda de que efectivamente ella y la anciana del espejo eran la misma persona , se golpeó la cara, cerró y abrió los ojos mil veces y se miró las manos arrugadas otras tantas, para finalmente sentarse en la cama y entrar en una risa histérica, seguida de un bucle casi infinito de repetirse a si misma cada vez en voz más alta "esto no está pasando".
Caminó por la casa sin saber qué hacer ni donde ir. Pensó en llamar a Carlos, pero hacía tanto tiempo que no sabían el uno del otro que no se sentía con el derecho de balbucearle por el auricular unas explicaciones que ni siquiera tenían sentido para ella; además, ¿qué iba a poder hacer?, él era periodista, no médico, así que se puso un abrigo y salió a la calle todo lo rápido que le dejaron sus piernas en dirección al hospital más cercano.
Esperó en una sala blanca con pequeños asientos marrones mientras veía a un niño suplicarle a su padre que le dejara sin ponerse la vacuna. Le prometía que mamá no se enteraría y sobretodo insistía mucho en que no iba a enfermar. A Ylenia le dio por reír pensando que ojala se supieran esas cosas. El padre se dio cuenta de la risa y aprovechó la situación para apresurarse a regañar al pequeño.

- Ves, ¿Javier? si no te callas la señora va a seguir riéndose de ti.

La señora. La señora. la SEÑORA. Dos palabras que Cayeron como un piano de cola desde un sexto piso sobre su cabeza, y aunque el niño siguió intentando llamar la atención con sus ocurrencias, Ylenia no volvió a abrir la boca hasta que fue su turno.

-¿Y bien, qué le ocurre? - Preguntó el médico mientas tecleaba algo en su ordenador, sin ni siquiera mirarla. Para él solamente era una vieja más que iba a la consulta quizá por pasar el rato.

Tardó tanto tiempo en comenzar a explicarse que el médico despegó sus ojos de la pantalla para mirarla arqueando las cejas impaciente y curioso. Ylenia notaba que su barbilla temblaba y se le empezaban a humedecer los ojos. Se apartó un fino mechón gris que le molestaba en la frente y dijo de la forma más convincente que pudo:

- Se que es difícil de creer, pero anoche yo tenía 32 años.

Sonrió con compasión y dijo algunas palabras que pretendían sonar tranquilizadoras mientras escribía algo ilegible en un papel. Ylenia salió esa mañana del hospital con una cita para el día siguiente a las 10:00 en el psiquiatra, y un bote de pastillas que fue a parar a la basura más cercana. Se sentó en un banco, se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar sin consuelo. No sabe cuánto tiempo pasó así.
Intentó tranquilizarse porque pensó que no hay nada más deprimente que una vieja sola llorando en mitad de la calle. Caminó pesadamente de vuelta. Algunas personas la ayudaron a cruzar la calle. Cuando abrió por fin la puerta de casa, no eran más de las nueve de la noche, y aunque había pasado prácticamente el día entero durmiendo, se sentía sumamente cansada. No se preparó la cena, simplemente se sentó en el sofá y miró un punto fijo de la blanca pared, deseando despertar en cualquier momento, mirar sus manos y que fueran las de siempre.

Bajó la vista y vio a Kafka justo en el mismo sitio donde lo dejó. Compadeció y comprendió al pobre hombre transformado . De una vieja solitaria todo el mundo quiere escaparse, igual que de un insecto gigante. Llena de rabia e impotencia arrojó el libro lo más lejos que pudo.
No podía llorar ya. Toda sensación había sido sustituida por una necesidad urgente de compañía, de coger a un ser querido de la mano, de apoyarse en su pecho y esperar a que todo pasara. La angustia y la desesperación fueron en aumento conforme avanzaba la noche, y cuando no pudo más descolgó el auricular. Pensó que Carlos siempre había estado para ella, y que aunque llevaran mucho tiempo sin saber el uno del otro, él seguramente seguiría enamorado de ella, siempre la iba a querer pasara lo que pasara. Con ese reconfortante pensamiento marcó los números y esperó. Tardó un poco en descolgar, y la voz dormida de Carlos pregunto quién era.

- Te necesito- Dijo a media voz

Se formó un denso silencio al otro lado del teléfono, e Ylenia creyó que se le paraba el corazón cuando escuchó de fondo al otro lado una voz femenina tan adormilada como la de Carlos que preguntaba "Cariño, ¿quién es a estas horas?".
Colgó el teléfono antes de escuchar la propia voz de su amigo y se fue al dormitorio sintiendo que cada latido de su corazón eran cristales que se le clavaban por todo el cuerpo.
Se tumbó en la cama, dejó escapar una silenciosa lágrima y cerró los ojos, calmando poco a poco su angustia y su soledad conforme el sueño y el agotamiento la invadían . Esa noche, Ylenia murió en la cama sin sueños, profunda y tranquilamente.


viernes, 7 de septiembre de 2012

de islas

"Elijo mil veces la isla desierta", dijiste. Y yo no podía verte, pero tenía tus ojos grandes clavados en el pecho, tan vivos en el recuerdo que, por un momento, me pareció que estabas en la misma habitación de espaldas a mí, desnudándote, hablando distraído, sin darte cuenta (como siempre) de lo grande que es todo lo que me dices, sin darte cuenta de cómo aprieto las sábanas mientras te sigo con la mirada, incapaz de abrir la boca, hasta que te tumbas  a mi lado y me preguntas siempre con una sonrisa: ¿Qué te pasa?, y yo "nada, que te quiero, sin más". Pero no dejo de darle vueltas a tus palabras, a tus gestos, a esos ojos tuyos que calan en lo más hondo y que nadie podría sacarse de encima si vieran lo que yo veo cuando me sostienes la mirada.
"Elijo mil veces la isla desierta", dijiste. Y no estabas aquí, pero supe que era verdad, que ya no había vuelta atrás; y te sentí tan cerca que me pareció al cerrar los ojos, sola en mi cama, notar tu respiración en mi pelo.


miércoles, 9 de mayo de 2012

Debe ser primavera


Sin saber por qué, de repente, estábamos muy tristes los dos. Sonaba Sabina  al fondo y la camarera canturreaba la canción mientras fregaba unas copas.  Miré al techo suspirando fuerte. Dicen que nunca es tarde, pero no se puede recuperar lo irrecuperable, o al menos eso creo yo, que tengo un orgullo que arrasa con todo, dejándome desnuda a veces, echando en falta algo durante toda la vida.
Me ofreció una copa de ron sonriéndome de medio lado. Fue extrañísimo ver mi propia sonrisa en una cara tan parecida a la mía, con los mismos ojos rasgados y tristes, atentos a la guitarra que sonaba dando un ambiente como de encargo a la situación.

- Me gustaría haberte conocido un poco más

Nos bebimos las copas mirando al frente y no volvió a decirme nunca nada más.

jueves, 1 de marzo de 2012

"Tengo un nudo en la garganta que no me deja respirar, no hago más que rebobinar la película"


Y abro los ojos casi con miedo, encontrándome de bruces con el frío techo que me recuerda todas esas frases que aún ahora, cuando pensé que se habían borrado para siempre, me golpean. Cuando recuerdo me cuesta respirar, entenderás ya  por qué no lo hago nunca.
Abro los ojos y suspiro muy fuerte. Tengo suerte de que estés aquí, de que no te hayas ido, porque no hace falta decir nada, sólo girar un poco el cuerpo y encontrarme con tus brazos que me abrazan todavía inconscientes, hundirme en tu pecho y ser salvada por tu mano que se mueve torpe por mi pelo, o por tu voz dormida murmurando a penas algo.
No hace falta despegar los labios, entendemos con miradas, siempre lo recuerdas. Me besas un poco la garganta y noto como desaparecen poco a poco las ganas de llorar, el nudo, todo el daño que guardo dentro. No hay presiones en el refugio de tu cuerpo, ya no me parece tan frío el techo, se me olvida por momentos el  orden de las palabras que forman las frases que no consigo olvidar nunca del todo. Poco a poco la soledad se va huyendo cobarde por las rendijas de mi ventana. Dejas paso a una calidez que no conozco.

miércoles, 8 de febrero de 2012

De pronto, después de mucho tiempo


Aunque parezca increíble, los miércoles me hacen salir de mi casa únicamente para 15 minutos de clase. Me siento delante del piano, hago un poco el paripé y me voy a una cafetería cerca del conservatorio con un libro para que por lo menos el haber salido al frío infernal de Granada haya merecido un poquito la pena.
Esta tarde la cafetería estaba especialmente vacía. Solamente había un señor que leía el periódico y de vez en cuando murmuraba "vaya por Dios", y un chico joven, con rastas, que dibujaba todo lo que había al rededor suya con la mirada muy fija y el trazo rápido.
Mientras leía "sostiene Pereira" de Antonio Tabucchi, (libro que recomiendo de todo corazón, y no sólo porque hable de Lisboa), he empezado a sentirme bastante mal. Quizás influya mucho el hecho de que había empezado a sonar la obertura de las Hébridas de Mendelssohn en radio clásica. Es una obra que me encoge siempre el estómago, así que allí me he quedado, sentada agarrando mi vaso de té, olvidando por completo dónde estaba y metiéndome en esa música que tantos recuerdos me trae.
Me he acostumbrado tanto a no mirar al pasado que de pronto he vuelto a vivir algunos de los momentos más importantes de mi vida como quien está viendo una película con la que ni siquiera se siente identificado. He vuelto a escuchar mi voz diciendo cosas que jamás van a volver a salir de mi boca, he visto miradas, reacciones, cosas que ya no son yo.
Iba a recoger mis cosas y pagar para dar un paseo y despejarme un poco, cuando el chico de las rastas se ha acercado a mí, me ha dejado un folio doblado y se ha marchado sin decirme nada. Al desplegarlo he podido reconocer mi boca, mis manos, mi nariz (con lunar y todo) a trazos, y sobretodo había esbozos de mis ojos.

Lo que más me ha sorprendido de todo esto es que en el centro, con una letra cursiva y grande había escrito la siguiente parte de "sad eyed Lady" de Bob Dylan:

With your sheets like metal and your belt like lace
And your deck of cards missing the jack and the ace
And your basement clothes and your hollow face
Who among them can think he could outguess you ?
With your silhouette when the sunlight dims
Into your eyes where the moonlight swims
And your match-book songs and your gypsy hymns
Who among them would try to impress you ?
Sad-eyed lady of the lowlands
Where the sad-eyed prophet says that no man comes
My warehouse eyes, my Arabian drums
Should I put them by your gate
Oh, sad-eyed lady, should I wait?


Y ahí me he quedado parada un buen rato, sin saber muy bien lo que hacer, con una sensación agridulce dentro y mirando mis propios ojos en el papel como quien mira los de una extraña. 



martes, 29 de noviembre de 2011

El templo


Salí del cuarto de esparto después de mucho tiempo y el contacto con el suelo me hizo sentir ganas de huir muy lejos. Sin más, me quedé parada en la puerta del templo, pensando que sería muy distinta mi forma de girar el pomo, de mover las manos, de tocar mi pelo, si hubiese aprendido a mentir un poco mejor.
Entraba como intrusa, invadida por la adoración que no me pertenecería, rodeada por las fotos en las que ya no salía yo. Entré como intrusa, y como intrusa me tumbé en la cama mirando mis manos en el espejo.
Si hubiese aprendido a mentir un poquito mejor, seguramente habría despertado en esa cama, habría hecho el amor viendo dos reflejos, no existirían las habitaciones desnudas más que por momentos. Si hubiese abierto un poco más los ojos, despegado un poco más los labios, no habría tenido que huir tanto tiempo, y ahora descendería de lo más alto estirando mucho los brazos, cantando en portugués por lo bajo.
Si hubiese aprendido a mentir un poco mejor, no me habrían tocado otras manos, no me habría rozado otro pelo de madrugada, no sabría distinguir entre otras voces.
Salí del templo como intrusa y volví donde me pertenece, pensando en que si hubiese querido aprender a mentir mejor, no podría haber respirado  nunca esta paz, este silencio, esta soledad maravillosa.

miércoles, 26 de octubre de 2011

P2


Cuando el portero del humilde hostal comparó la foto del carnet de identidad que tenía en la mano con la chica que esperaba amablemente en frente suya, no pudo más que esbozar una media sonrisa imperceptible. <<Blanca Martínez Rosal-pensó -has cambiado mucho>>. Y de hecho en varios kilometros a la redonda no había nadie pensando  una verdad más absoluta y evidente, pues la chica de la foto era una niña sonriente, de ojos claros y pelo rubio rizado, con  una mirada vivísima y un cuello fino que podía  intuirse fundido en el  color del documento; sinembargo la mujer que había delante también se llamaba Blanca Martínez Rosal y pedía ayuda a voces con esos ojos claros  un poco menos vivos que en la imagen, aunque su sonrisa seguía siendo agradable. Al devolverle el D.N.I , el portero tuvo la impresión de que Blanca le había mantenido sus manos unidas a las suyas durante  más tiempo de lo que se supone políticamente correcto.

Había reservado la habitación unas horas antes con el tono desesperado del que está huyendo de algo, tan habitual en ella que daba la sensación de que podía desaparecer en cualquier momento. Nunca había estado en Granada y esa pensión cercana al centro le había dado muy buena impresión en las fotos de la página web. Estaba situada en una calle peatonal donde un trío de clarinetes y guitarra pasaban el rato tocando por gusto durante horas , dándole al lugar de residencia un ambiente más bohemio, tranquilo, nostálgico, o turístico, dependiendo de los motivos del viaje.
Los motivos de Blanca no estaban demasiado claros, había sido una decisión tan repentina que merecería llamarse arrebato, pero a fin de cuentas, Granada, ¿por qué no?, ella ya no era feliz en ninguna parte. Había perdido toda la esperanza, eso podía  verlo cualquiera en su rostro semi apagado y en sus ojos de niña triste, en su paso rápido a ninguna parte, de sus labios siempre evocando al pasado en voz alta, deleitando a las paredes Blancas y vacías como su nombre.
 Blanca había hecho una promesa y la estaba llevando a cabo, terminaría lo empezado, llegaría hasta el final del asunto, disfrutaría y después se retiraría del mundo, de la vida, con discrección y buen gusto.

martes, 4 de octubre de 2011

P1

Hacía tiempo que Alberto dejó de creer en las personas, y no es que sintiese miedo, inseguridad o  despecho, no,  nada de eso; Alberto había dejado de creer en sí mismo y ese pensamiento incluía a cualquier persona que mantuviera un mínimo de contacto con él.
Tenía 25 años y se decía a sí mismo todas las mañanas que ya lo había vivido todo. Su cuerpo delgado y palido pasaba 6 horas al día sentado en un  escritorio de oficina delante del ordenador, generalmente escribiendo artículos de opinión sobre temas en los que, en realidad, no tenía nada que opinar. Trabajaba desde que cumplió los 22 años en un periódico progresista a manos de un hombretón cuyas convinciones políticas no se correspondían en absoluto con su cargo, y cuyo afecto por Alberto era cuanto menos, inexplicable. Con sus compañeros de trabajo la relación no era mucho mejor, pues veían en Alberto a un hombre serio, melancólico y tristemente aburrido con el que no poder contar a la hora de ir de cañas después del trabajo. Por su parte, él se limitaba a callar e ir del trabajo a casa, sin ningún interés ni resentimiento para con sus compañeros.
Caminaba todos los días 20 minutos desde el trabajo a su casa, agachando la cabeza como aquellos que cargan una terrible pena, aunque lo cierto es que él ya no recordaba cuál era la suya exactamente. No podemos decir que Alberto fuese infeliz, en realidad no sentía angustia ni malestar, simplemente era incapaz de sentir nada. Todo en él se había quedado paralizado durante mucho tiempo en una época mejor donde el calor humano derretía lo que ahora era un cuerpo helado desprovisto de reaación ante practicamenete nada.

Vivía en un estudio pequeño y meticulosamente ordenado. Todos los días era la misma historia: abría la puerta, apagaba la radio que le dejaba encendida a sus plantas, se sentaba en el sofá que había colocado mirando a la ventana y se quedaba allí parado observando cómo pasaba la gente hasta que caía la madrugada.Cuando la oscuridad era tan intensa que las farolas no le permitían ver nada, se levantaba, ponía el despertador y se metía tranquilamente en la cama, siempre con el mismo pensamiento "estan todos ciegos, no pueden ver nada".

lunes, 26 de septiembre de 2011

Aureliano ha muerto.



La mujer de Gabriel García Márquez cuenta que una tarde entró en el cuarto de trabajo de su marido y se lo encontró llorando encima de lo que después sería "cien años de soledad". Quiso saber el motivo y como respuesta, el escritor dijo solemnemente: Aureliano Buendía ha muerto.

Cuando cuento esta anécdota, siempre me encuentro con las mismas reacciones. Qué bonito, qué tierno, qué especial, qué estúpido, qué loco, qué profesional.
A mi, para ser sincera, me parece precioso, pero de los más corriente. De hecho es algo que hacemos más de una vez en nuestra vida y a veces más seguido de lo que nos gustaría.

¿Quién no ha creído ciegamente que alguien es de tal forma para luego descubrir que no, que no existe, que es sólo el  producto de una ceguera ante el deslumbramiento artificial tan bien conseguido de algunas personas?.
Si somos nosotros los que nos sentamos ante los papeles de nuestra vida, cogemos el lápiz y escribimos nuestra historia, hay que borrar todo aquello que no sea verdadero, que duela. Hay que romper, tachar, recomenzar... hay que matar Aurelianos, aunque nos cueste un tiempo llorando encima de nuestro manuscrito.

Ahora mismo me siento feliz. He publicado una gran primera parte de la historia de mi vida y me he llevado a unos cuantos personajes por delante, pero aún así estoy disfrutando y aprendiendo. Empieza la segunda parte de este libro.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Relatos del festival "Getafe en vivo"


Desde siempre me han dicho que lo que no me pase a mí, no le pasa a nadie. Es verdad.
He pasado tres días geniales en el Getafe en vivo, disfrutando de buena compañía y buena música. He recopilado muchas anécdotas que no me cansaré de contar hasta que me digan que me estoy repitiendo, como siempre. Pero sin duda me quedo con la que voy a contar a continuación:

Getafe en vivo. 50.000 personas, absolutamente todas con la intención de darlo todo con offspring. Yo era una de ellas y el amigo que venía conmigo también. Nos pusimos muy cerca del escenario, disfrutamos de Txarrena y nos desesperamos con Sôber, pero sobretodo me gustó que tuve tiempo para estar completamente pegada a gente que no conocía para sumirme en mis pensamientos de una forma  peculiar. Me di cuenta de que la luna estaba llena y me acordé de que todas las casualidades de mi vida, las buenas y las malas, se han producido cuando había luna llena. El amor de mi vida fue con la luna llena, y otros que han tenido menos importancia pero gran repercusión también. Miré su redonda cara iluminada y le dije muy bajito que ese día no, que no me estropeara nada, que me dejase tranquila.

No lo hizo.

Cuando por fin terminó Sôber, salieron los esperados, provocando que una masa inhumana de humanos se empujaran unos contra otros, separándome por completo de mi amigo. Por suerte habíamos quedado en un sitio y una hora por si eso pasaba.
Aquello no era normal, me hicieron pasar los más largos y peores 5 minutos de mi vida. Estoy llena de moratones y todavía me duele el cuello... de hecho, si separaba los pies de suelo, me arrastraba una corriente de brazos sin necesidad de que yo hiciese nada. Intenté salir como pude y un chico, al verme tan apurada, me ofreció protección.

 "Tú quédate aquí conmigo, chiquitilla, que no te va a pasar nada"

 y yo pensaba que tenía mucha suerte. Me protegió durante los últimos acordes del primer tema, y cuando comenzó el segundo, de nuevo la oleada de personas haciendo lo imposible por hacerle pasar un mal trago a los demás se puso en acción.
Mientras tragaba tierra e intentaba quitarme a un señor bastante grueso de encima, mi protector me agarró del pecho y empezó a tocarme como quiso. Yo no podía hacer absolutamente nada por zafarme de esas manos asquerosas, pero con suerte, la corriente se lo llevó a él también y quedé libre para intentar salir.
Mirara donde mirara, había gente. Me metí sin querer en varios pogos, y cuando ya pensé que nada podía ir peor y me ahogaba por la tierra, me caí al suelo. Decidme... ¿hay algo peor que caerse al suelo en esa situación?, a mí no se me ocurre, y de hecho pensé que me quedaba en el sitio, pero unos brazos fuertes me recogieron y me llevaron cual saco encima de sus hombros.
No pude ver quién me había sacado de ese infierno, pues al dejarme a salvo se metió dentro del concierto sin decirme nada. Lo cierto es que al verme sola y con la horrible sensación de que había abusado de mí, me habían mentido y yo como una tonta me lo creí, no pude hacer otra cosa que no fuese echarme a llorar mientras tocaban uno de mis grupos preferidos una de mis canciones favoritas.

Me fui al punto de encuentro que había establecido con mi amigo y me eché a llorar en el suelo. Miraba el asfalto con los ojos llorosos y no pasó mucho rato hasta que unos tenis rojos se interpusieron entre mis lágrimas y el suelo.

"una chica tan guapa no debería estar aquí sola llorando"

Levanté la vista y era un chico un poco mayor que yo, con unos ojos azules preciosos y una sonrisa tranquilizadora. Se sentó a mi lado y me preguntó qué ocurría. Se lo conté entre sollozos mientras me abrazaba, como si tuviera cinco años. Se indignó, pero me dio dos alternativas, quedarnos sentados llorando, o ir de nuevo al concierto, quedarnos atrás y él me cogería para poder ver bien.
Me dijo que se llamaba Adrián y a mí me hizo mucha gracia,  pero en fin, era un chico encantador, sin embargo  era un completo desconocido, pero ya he mencionado antes que me lo creo todo y esta vez no fue menos.

Fue genial. Vi el concierto en los hombros de un chico majísimo, saltando, bailando, cantando... como tendría que haber sido en un principio. Me hizo abandonar la rabia en un momento y pasamos un concierto que no voy a olvidar.

Finalmente pude reencontrarme con mi amigo, el cual tenía otra historia por su cuenta sobre ese concierto.
Adrián y yo intercambiamos teléfonos y direcciones de correo, así que una vez más, la luna (aunque en menor escala) hizo que el destino me llevase a conocer a una persona que me salvó de las lágrimas y que me hizo sentir que quedan gente y momentos para disfrutar a pesar de todo.

lunes, 5 de septiembre de 2011

Otro Aitutaki

Dentro de unos años me gustaría dejar de esperar algo de las personas e irme a vivir sola a una cabaña en Aitutaki. Me levantaría todas las mañanas con el sol en la cara y caminaría de una punta a otra de la playa hasta que me diera cuenta de lo absurdo que es moverse sin dirección alguna. Haría cualquier cosa de comer y me sentaría a leer horas y horas frente al mar. No tendría que emitir sonido alguno nunca más, podría olvidar cómo articular las palabras y quedarme tan en silencio que ni yo misma perturbaría  mi paz.
Me sentaría al atardecer en mi ventana y fumaría sin mirar hacia atrás hasta que las estrellas me invitasen a tener un sueño tranquilo y sin sobresaltos.

Me gustaría, cuanto antes, dejar la esperanza de que voy a cambiar, de que los demás van a hacerlo,  y encerrarme por completo en un presente que no tenga más que naturaleza, silencio, vacío y tranquilidad.

jueves, 1 de septiembre de 2011

Movimientos que cuidan

Descubrí que mis pasos me habían llevado a sentarme debajo de uno de los más bonitos, y de los pocos, árboles que hay en mi ciudad. Normalmente salgo con un libro y busco una cafetería tranquila, con té y el aire acondicionado creando la ilusión de que detrás de esas cuatro paredes no hay un infierno de 40º a la sombra.  Pero no, esta vez mi subconsciente me había llevado a recorrer un camino que no hago nunca y a sentarme en la tierra bajo esa sombra generosa.
Abrí a Tolstói  y comenzó la guerra por mantener la atención en lo que leo. No es que no me guste Tolstói, todo lo contrario, es uno de mis autores preferidos, pero cuando tienes tantísimas cosas en la cabeza y no puedes mantener la atención por completo, es imposible seguir el hilo de una persona que te explica con pelos y señales el sistema penitenciario ruso.
Había leído unas 20 veces : "y a ninguno de los presentes se le ocurría que ese mismo Jesús, cuyo nombre había repetido tan infinitas veces con voz silbante el sacerdote"... cuando dio lugar el movimiento curioso.

Una ráfaga de viento inesperado fue la causante de que antes de que pudiese darme cuenta me encontraba completamente rodeada de hojas marrones del tamaño de mi mano. Miré hacia arriba extrañada y vi que poco a poco, en dirección a mí, caía una flor blanca preciosa. Caía lenta como una caricia y se posó en mi libro abierto, justamente encima de la frase interminable.
No tengo muy claro aún por qué, pero se me llenaron los ojos de lágrimas. Tuve la sensación de que en alguna parte había alguien que quería que estuviese bien, que no me dejase arrastrar por la tristeza y el rencor. Alguien que me pedía que me quedase tranquila.

Le hice caso sin pararme a pensar cuánto había de racional en mi decisión. Lo cierto es que las casualidades de la vida me hicieron tener un día mágico, de los pocos que recuerdo así en mucho tiempo, y hoy tengo una flor preciosa como marca páginas.

jueves, 25 de agosto de 2011

Los trenes de luz artificial

No dejo de mirar el tren por si, en algún momento de su vida, decide volver a cruzar esa puerta, vestido de luz, para que no vuelva a  pasar nada y yo olvide todas las heridas.
Se fue tranquilo y en silencio, caminando de esa forma en la que uno sabe que no servirán de nada sus lágrimas o su mala caligrafía intentando expresar el amor en una carta. Da igual, a veces las cosas se van sin más y te das cuenta de que la luz que seguiste creyendo salvarte, no era como la de sol que deslumbra pero da vida, si no que te rodearon en un manto de luminiscencia artificial y ahora, en la oscuridad, te lloran los ojos y se te ha olvidado caminar con dirección.

Quiero volver a mirar su sonrisa arrogante y escupir odio, decirle que gracias a él no quiero que vuelvan a tocarme, que me da pánico. Hacerle ver que por sus caprichos  no sólo soy más reservada, más desconfiada, si no que recuperarme de todo el daño que me provoca su indiferencia injustificada me está costando más de lo que a veces puedo soportar. 
Quiero que baje del tren, se acerque a mi, me mire a los ojos y comprenda que no ha tenido idea nunca de nada, que mi dolor no es lo que él cree, no tiene nada que ver con el amor que pude sentir en algún momento. Que baje, Dios, que baje bañado en su luz que no me sirve, que tenga el valor de intentar mentirme nuevamente. 


sábado, 13 de agosto de 2011

Alcalá me trae lluvia y otras cosas



Hay días en los que me miro al espejo y me doy cuenta de que a pesar de que me he sentido tan llena como muchos, realmente no he decidido prácticamente nada, empezando porque soy una creación a cargo de un alguien que no me preguntó nunca si yo quería estar aquí.
Formo parte de algo que no entiendo demasiado bien. Cuanto más me relaciono, más observo, me doy cuenta de que ninguna de las personas con las que me he cruzado lo entienden  tampoco. Algunos me exponen sus teorías completamente convencidos de ser los poseedores de la única verdad. Otros se pasan los litros de mano en mano mientas balbuceaban algo de vivir el momento y no hacer caso a nada más. También  los hay que intentan hacerme sentir la llamada de algo intangible que va a salvarme de todo el mal. Otros incluso, han intentado hacerme ver que el sentido de todo está en los otros, en cómo te relaciones con los demás, en la búsqueda de lo que el resto pueda aportarte.

Lo único que he podido sacar verdaderamente en claro y en común es que no te das cuenta de nada, simplemente te absorbe. Un día te descubres a ti mismo comprando cosas innecesarias, sonriendo sin tener por qué hacerlo y hablando de cuestiones que no te habían interesado nunca. Echas un vistazo y te ves estudiando algo que no quieres, trabajando en algo que no te entusiasma, que no llegaste a ser astronauta o veterinaria, y que tu vida está vacía de  sentimientos sinceros. Lloras unas cuantas veces a la semana, y el resto de los días te convences a ti mismo que tienes motivos para seguir siempre adelante. No recuerdas la última vez que hablaste desde el corazón, la última vez que fuiste tú mismo y no una imganen de lo que quieres llegar a ser, de lo que los demás esperan que seas.
Recorres de arriba a abajo  tu apartamento, tus amistades, tu vida entera.  Intentas acordarte de la última vez que te acostaste sin ninguna preocupación, de la última vez que hiciste el amor... y te sorprendes. Es ahí cuando de verdad somos conscientes de que las verdaderas necesidades, las primarias, han pasado a un segundo plano.
Por otra parte, se han desvirtuado muchos conceptos, lo puede notar cualquiera en cualquier conversación. "perdoname", "te amo", "me muero", "lo odio", "me encanta", "nada", "todo", "siempre". Hay veces en las que he amado de verdad y he callado por no encontrar una  palabra que se ajuste bien a lo que siento. Hemos estirajado el chicle por completo, ya nada nos entusiasma de verdad.

La felicidad es bien sencilla, basta con no estropearlo.

Estamos tan acostumbrados a tenerlo todo, que no se nos pasa por la cabeza poder perderlo con pequeños gestos: un mal frenazo, un e-mail, una caricia bajo las sábanas, unas palabras que no supimos sacar de dentro.
La felicidad es bien sencilla, pero siempre lo echamos abajo. No queremos darnos cuenta de que en esta vida sólo nos tenemos a nosotros mismos,  e intentamos construír el castillo en función de los demás. Miro hacia atrás y veo muchos años amontonados sin sentido, muchas frases que tendría que haber dicho y mucho rencor que tendría que haber soltado a gritos, muchos gestos que no tendrïa que haber ignorado.

Siento algo que podría catalogarse de impotencia. Me gustaría salir y contarle a todo el que pase que nos hemos vuelto locos, que tenemos que volver atrás... pero a mis años, que son bastante pocos,siento  que esta esperanza estorba,  que no puedo cambiar lo que empieza después de mi propio cuerpo, que las cosas no suelen salir como espero.

No puedo cambiar todo lo que me rodea, pero puedo cambiar mi jardín, cuidar mis flores, recoger los cristales en silencio, no dejarme aplastar por nadie. No puedo  volver atrás y protegerme de algún que otro golpe, obligarme a abrir la boca y contestar a todas las preguntas. No es posible, pero sí puedo construírme un camino solitario, tranquilo y sincero que no busque el conocer la verdad constantemente, en el que no duela lo que ya no está y donde entusiasme sin asustar lo que puedo intuir a lo lejos.
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sábado, 30 de julio de 2011

Sólo quiero ser tu jardinero


Serán tus ojos atentos los que me empujan a todo esto, los que me animan a ampliar un poco los límites, a perder un poco el miedo. Serán tus manos acariciando mi pelo, rozando mis hombros con cuidado. Quizá sea tu boca la que anula todas mis defensas, la que me hace bajar la guardia en noches como estas y poder dormir tranquila entre tus brazos, colarme a medias en tus sueños, despertar y que aún estés aquí a mi lado.

Será por tu temple tranquilo y serio o por tu media sonrisa hermana , aunque también podría ser por esa forma tuya de acariciar la arena o mirar el mar maravillado.
Quizá sea tu forma de caminar, de moverte suave y susurrarme una y mil veces "te amo", por hacerme el amor en el suelo, en la bañera, en el mar, y besarme hasta que me duermo, abrazándome y jurándome que todo irá bien, que no vas a irte a ninguna parte.

Podría encontrar miles de motivos acordes a cada uno de tus rasgos, pero en realidad no tiene demasiada importancia,  no importa por qué contigo no tengo miedo, por qué contigo no me callo, por qué contigo tengo la sensación de estar a tu lado completamente, de no tenerte sólo a medias.

Lo importante es que estamos aquí
Lo importante es que nos dejamos entrar en el otro por completo

viernes, 22 de julio de 2011

Voy a componer en modo mayor




Me gustan mucho los tatuajes, si pudiera, me tatuaría el cuerpo entero con cada una de mis experiencias. Eso supondría, entre otras muchas cosas, tener menos oportunidades en el mundo laboral y ganarme la desaprobación de mi mejor amigo, que no los soporta. Ya tengo un tatuaje, así que cada vez que me ocurre algo y necesito plasmarlo de alguna forma en mi, me pinto los zapatos. En realidad, es mucho más cómodo y puedo ir borrando y escribiendo lo que me pasa por la cabeza, aunque normalmente siempre va por la misma línea, ya que solamente siento la necesidad de "inmortalizar" las cosas cuando me hacen daño. 

"No es por la moda es por la soga que te ahoga por lo que toda mi generación se droga, es por las horas que el triste reloj devora y por la sola soledad desoladora" 

Esto está en la punta blanca de mis zapatillas, palabras de Sharif, palabras que salen por la boca de mi acompañante cuando consigue descifrar mi apretada letra. Se preocupa y yo me limito a sonreír, hace tiempo que por aquí todo está en su sitio, ni cajas, ni gente hablando a voces, ni reproches, ni malentendidos. Yo me siento bien y así se lo intento transmitir

"¿y por qué no escribes en tus zapatillas que estás contenta?, ¿por qué no escribes nada cuando todo marcha bien?"

Mi amigo comprende el hecho de que no sienta la necesidad de relatar nada cuando me siento completa, pero cree que debería intentarlo. Él es un muy buen pianista y compositor, y me puso el ejemplo de que él siempre componía en modo menor porque el mayor, el feliz, le parecía muy ñoño, vacío. Ahora, ha conseguido salir de ahí, investigando ha ido abriendo caminos y ahora puede expresar perfectamente lo que siente con la misma pasión, sea en el modo que sea. 

Creo que debería ir aprendiendo a componer en modo mayor, a dejar plasmada de la misma forma mi felicidad como dejo mi melancolía o mi soledad cuando la siento, porque si no el resto, a los que les importo de verdad, los que me leen, me escuchan y se preocupan, siempre se quedan con la mitad.